EXALUMNES

Álvaro Choi

Curso 1996/97

Mi nombre es Álvaro Choi y recuerdo mi primer día de colegio como si fuera ayer: Ms. Christine tiraba de mi brazo mientras yo lloraba al subir las escaleras del edificio viejo. No volví a experimentar esa sensación de angustia e inseguridad ante lo desconocido hasta 15 años después, en 1997, al acabar mi período de escolarización en St. Paul’s. Si hubiera podido asomarme a lo que acontecería en los años venideros, seguramente hubiera afrontado esos dos momentos de forma muy diferente.

Empezando por el segundo de ellos, la formación académica proporcionada por St. Paul’s resultó adecuada y suficiente para afrontar holgadamente las licenciaturas de Economía y Derecho en la Universidad de Barcelona. Me doctoré algo después y trabajo como profesor en la Facultad de Economía de la UB, debiendo utilizar a diario la lengua inglesa. Quién me iba a decir, a su vez, que las clases (en aquel momento, extraescolares) de lengua francesa ofrecidas por el colegio me ayudarían a comunicarme con ciudadanos haitianos, país al que en la actualidad represento en calidad de vicecónsul.

Sin embargo, más allá del indudable valor instrumental de los conocimientos adquiridos dentro de las aulas, quisiera centrar la atención en otros dos aspectos de la formación de St. Paul’s que estimo han sido todavía más relevantes en mi trayectoria vital y profesional. En primer lugar, la inculcación del valor intrínseco de la educación, de la consideración de la educación per se como elemento indispensable para el crecimiento personal del individuo. Seguro que buena parte de la responsabilidad de que me haya acabado dedicando a la investigación y docencia se debe al ejemplo de mis maestros y profesores.

En segundo lugar, la transmisión de competencias (no cognitivas) y valores. Me refiero, por ejemplo, al aprendizaje del trabajo en equipo, la apreciación del esfuerzo, la constancia y el respeto, o el desarrollo del espíritu crítico. En este proceso no sólo participó el equipo docente, sino todas aquellas personas con las que me cruzaba desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde y que se integraban dentro de un mismo proyecto educativo.

Para finalizar, volvamos a las escaleras del edificio viejo. Guardo un recuerdo feliz de mi paso por St. Paul’s. Colonias, salidas, veranos en PGL, esquiadas, sesiones en el laboratorio, los juegos florales, el contacto con los primeros ordenadores, las funciones de teatro, los partidos de los viernes,… los buenos momentos se amontonan en mi memoria. Conservo, a su vez, mi pasión por el deporte y, sobre todo, buenas amistades. En definitiva, tan sólo tengo palabras de cariño y agradecimiento para mi colegio y, sobre todo, para mis padres, quienes renunciaron a mucho matriculándome en St. Paul’s, precisamente para que yo no tuviera que renunciar a nada.